miércoles, 15 de junio de 2016

Sobre el caso de Barney Thomson


La leyenda de Barney Thomson

Me gusta el cine inglés. Me gusta, por ejemplo, el estilo Monty Python. También, aunque no sean british, el cine de los hermanos Coen; en concreto, por ejemplo, O'Brother o El Gran Lebowsky. Pues bien, encontré que La leyenda de Barney Thomson tiene algo de todos ellos, más algunas otras cosas sumamente originales, incluyendo un paradoja moral que aparece justo al final de la película, y que me llevó a tener la impresión de que en ella hay más perlas.

También soy fan de Robert Carlyle, quien, además de actuar ante cámara, es el director de la película. Por cierto, primerizo en el oficio de dirigir. 

Debo decir que los primeros compases de esta película me dejaron un poco descolocado. Los encontré demasiado histriónicos para el estado de ánimo que yo traía. Sin embargo, según va pasando el metraje la cosa se van poniendo en linea (y yo con ella). El encuentro entre el personaje interpretado por Robert Carlyle y el de Emma Thompson (hijo y madre), cuando ella entra en escena por primera vez, empieza a darle el tono a la historia. Es decir, atención a ellos dos. Por cierto, el registro que consigue transmitir Emma Thompson, verdaderamente inusual en ella, es la clave para la entonación general del film. Parece irreconocible.

Ah, y la historia, que no desvelaré, llena de ironías, de diálogos disruptivos. Insisto en que lo fuerte está en al juego que Robert y Emma se traen, y que La leyenda de Barney Thomson va gustándome más según avanza.

La paradoja final, expresada cuando el embrollo se salda a favor del personaje central, el interpretado por Robert Carlyle, lleva a pensar cómo un individuo con falta de carisma y mala suerte, hasta el punto de ser despedido de la barbería en donde trabaja, pues no gusta como barbero a la clientela ni a sus compañeros, se torna favorable a él como resultas de la popularidad lograda por tan lamentables acontecimientos. Bien, digo lo de lamentables teniendo en cuenta que es una comedia.

Me gustaría mencionar a Ray Winstone y a Tom Courtenay, impagables ambos.