martes, 15 de marzo de 2016

La imposibilidad de una solución (I)

La imposibilidad de una solución (I).

Durante estos días se ha estado hablando de la pobreza, de los refugiados, de la incapacidad para encontrar una solución. Por otro lado, España es el país europeo en donde la crisis está generando una mayor desigualdad. Aunque es posible que no sea la crisis, sino su gestión por parte de dirigentes poco audaces o poco acostumbrados a manejarse en situaciones en las que su incompetencia está quedando en evidencia. O poco poderosos, que es lo que explico a continuación.

Remontémonos a unos años atrás, justo al inicio del crash. Todos los políticos, incluyendo Juan Carlos I, nos decían que todo se había salido de madre por culpa de los mercados. Ahí empezamos a ver que las instituciones han ido interviniendo cada vez menos en favor de algo que cada vez más está más fuera de su control. En un articulo anterior comenté que la influencia del estado español sobre la economía española está en torno al 40 %, y que de ese 40 % hay una gran parte que está muy coaccionada por la oligarquía nacional y por la oligarquía global. En definitiva, el estado español tiene muy poco poder en España. Tan sólo la hiperpublicidad que él mismo se hace en base a crear o a hacer perdurar viejos problemas puede llevar a darnos la impresión de una potencia que en realidad no tiene. Por lo tanto, el político que aspira a gobernar sostiene su función sobre una falta real de poder de las instituciones que él pretende liderar. Un político hoy es tan sólo un community manager de las oligarquías, con el apoyo de los medios de comunicación que tanto contribuyen a dicha hiperpublicidad.

Por eso, cuando escucho a los políticos de ahora, me pregunto de qué están hablando cuando hablan de que hay que hacer los posibles para reducir la desigualdad, cuando resulta que las instituciones que aspiran a gobernar están vacías de poder real, excepto el que aparentan tener con la hiperpublicidad que los medios de comunicación les procuran.
Podemos entender, pues, que la política, ya lejos de influir sobre la realidad, es un negocio que ha dejado de servir al interés general, si es que alguna vez sirvió.

En todos los debates, los políticos de todo el espectro parlamentario se llenan la boca con palabras compasivas y de denuncia, asegurando que está en sus manos hacer los posibles para impedir que la desigualdad y la pobreza vayan a más. Mientras les escucho me pregunto cómo es posible que se prometan soluciones cuando las instituciones públicas abdicaron de gobernar el mundo desde hace ya unas décadas.