viernes, 18 de septiembre de 2015

La agenda roja: 2015-2017 (3)

La agenda roja: 2015-2017 (3)

Viví el segundo franquismo, la transición y la primera democracia con especial intensidad. Me sentí atraído por la situación. Aún recuerdo la estupefacción de los últimos asesinatos, el de Puig Antic, por ejemplo, previos a la muerte de Franco. Como si fuera ahora, también, el de Carrero Blanco saltando por los aires. Después murió el dictador, vino la democracia y se produjo la transición. De todo queda huella. Luego de Adolfo Suárez, sin olvidar el intento de golpe de estado, vinieron los gobiernos de Felipe González y, a partir de un cierto momento, acabó la efervescencia para luego dar paso al pasotismo político general y al consiguiente desinterés por parte del pueblo. También, aunque por otros motivos, este declive coincide con la pérdida progresiva de influencia por parte de los sindicatos.  A partir de ahí, el mantra que lo llenó todo fue que a los políticos sólo les interesa su carrera y su ambición particular. Y siendo cierto, y habiendo razones para abdicar del interés, es lo peor que se puede hacer: dejar a los políticos a sus anchas.

Lo que quiero decir con ello es que al político profesional, el que vive únicamente de la política, no le interesa que el pueblo esté interesado y activo. Un pueblo interesado en el debate puede correr el peligro de volverse crítico, lo cual no es muy deseable por parte de esta élite que vive de la cosa pública. Es decir, el politico de nuestros días prefiere que la gente se abstenga. Y no sólo eso sino que promueve la abstención de forma descarada. Y más aún, aunque promueve eso que acabo de decir, también promueve lo contrario cuando le interesa. El resultado de ello es que el pueblo, que podría ser crítico si tuviera interés en participar en la cosa pública, acaba convirtiéndose en recitador de mantras de los políticos de turno. O lo que es peor, que acabe siendo dogmático, que es algo que al político español le viene muy bien, pues se alimenta de ello.

Todo esto viene a colación de la situación que estamos viviendo, de la cual estoy tratando en esta serie de artículos. Por ejemplo, ayer mismo alguien puso un retrato que resulta ser un híbrido de las caras de Artur Mas y de Hitler. Lo que me resulta preocupante es hasta qué punto alguien puede pensar en estos términos. Es decir, ¿de qué información dispone?, ¿quién se la facilita?, ¿de quién la toma que tanto venera y acepta sin vacilar?, ¿conoce la realidad de la que habla?.
Mi opinión al respecto es que el movimiento independentista surge con fuerza desde mucho antes de que a Artur Mas le diese por salir de su zona de comodidad. Es decir, Artur Mas no es el führer, que convence a las masas de algo que él quiere, sino más bien alguien que toma el sentir de las masas y trata de liderar el proceso. Y hasta donde yo sé,  su papel es que el pueblo pueda acudir a votar en un referendum, y punto. La cuestión, pues, está en el gobierno central, que señala a Mas como inductor del independentismo, haciendo que quienes sientan hostilidad hacia lo que sucede aquí vean en Mas lo que el gobierno quiere que vean. Porque, claro, culpar al pueblo que se manifiesta ya sería el colmo de la torpeza, pues culparlo es reconocerlo.

Retomando la idea fundamental de este artículo, intuyo que Rajoy, queriendo o no, está tratando de repetir lo acontecido en los gobiernos de Felipe González: que nos cansemos, que nos hartemos, que les dejemos hacer.

Sin embargo, dada la situación, a la que habría que añadir el declive del ciclo neoliberal, surge el neoactivismo. Nuevos ciclos nos esperan a partir de 2020. De ello hablaré en un próximo artículo.

Para el próximo, La agenda roja: 2015-2017 (4), trataré de visualizar escenarios alternativos. Es decir, trataré de qué otras formas hay para conseguir un mismo propósito.