jueves, 18 de junio de 2015

El Yo, el valor y la vida.

El Yo, el valor y la vida.


Frecuentemente hablamos de la autoestima como sinónimo del aprecio con que uno percibe su Yo. Sin embargo, el Yo, que forma parte de la vida junto con otros Yoes, no puede conferirse valor a sí mismo –y ni tampoco le puede ser dado-, pues él mismo forma parte de un engranaje mayor que le obnubila y le interfiere hasta perturbar la percepción de ese valor, si es que realmente tiene alguno. No se puede ser juez y parte.
Así, pues, el valor no se le puede conferir al Yo desde la voluntad de uno sino que, más bien, ésta es la que puede percibir ese valor en la vida por la que transitamos, no en ese Yo que vemos en el lago de Narciso.

Es decir, el valor lo tiene la vida entera; o, aún más claramente, la porción de esa vida entera que cabe en la propia biografía: la parte que se ha vivido hasta ahora, la que está en ciernes en el momento presente y la que será percibida al final del tiempo que nos corresponde vivir.

Así, pues, el valor no lo tiene el Yo sino la voluntad de dar valor a las experiencias que dan sentido a esa porción de vida que nos corresponde encarnar.

Una pregunta muy relacionada con la asunción de limitaciones, habiendo colocado al Yo en su dimensión justa, y dado que nuestras posibilidades de vivir la totalidad está condicionada por nuestra transitoriedad o finitud:
¿Qué nos es dado a comprender y dominar según esta transitoriedad?
¿Qué nos es impedido a nuestra comprensión?

Distinguir entre lo que nos es posible y lo que nos es imposible conlleva estar en condiciones de valorar los límites de nuestra existencia.

El Yo, que trata de desafiar los límites de la transitoriedad de los personajes que pretenden ir encarnándolo, quisiera contenerlo todo, comprenderlo todo, dominarlo todo, ser eterno como Dios. Sin embargo, si queremos ser felices, a nuestra limitada vida no le deberían interesar tales cosas.

Confundir las necesidades del Yo con las necesidades de la propia vida equivale a vivir enfermo.

En el plasma cultural en el que vivimos, que tanta apología hace de la individualidad, el Yo es dotado del atributo de la autoestima. Sin embargo, no está ahí para eso. Aún así, el individuo necesita tener un Yo identificado, pues es lo que le sirve para hacerse responsable de la centralidad y de las consecuencias de sus actos. Sin embargo, y de aquí mi objeción, el individuo haría bien en percibir su Yo como un elemento más de su vida, ni más ni menos que cualquier otro evento autobiográfico, incluyendo en ello a las personas que nos han dejado marca. Así, pues, la autoestima, más que focalizarse en el Yo por encima de cualquier otra cosa, debería repartirse entre todos los elementos que continuamente conforman la autobiografía: desde los hechos ya vividos, incluyendo a las personas que participaron en ellos, hasta los sucesos que han de venir.

Así, pues, las pruebas de la autoestima no deberían estar focalizadas sobre el Yo, sino sobre la valoración y comprensión de los acontecimientos y personas que han contribuido en que seamos como somos.

Aquel que sea capaz de amar toda su biografía, incluyendo a las personas que por ella han pasado y seguirán pasando, no le resultará necesario rendir culto exclusivo al Yo.

Al dar más importancia al Yo, como protagonista de la autoestima, nos exponemos a que venga alguien y lo embadurne para tratar de vendernos lo que ya es nuestro. El Narciso interior es muy peligroso.

Siendo intangibles el Yo, el alma y el espíritu, pues nadie ha podido demostrar su existencia, resulta fácil caer en las trampas sutiles que nos tienden. Trampas intangibles para elementos intangibles. Lo único tangible son los hechos y nuestra relación con ellos. Así, pues, valorar lo que nos sucede es la clave fundamental del asunto, más allá de si nos resultó agradable o desagradable, favorable o adverso. Valorar los acontecimientos y las personas con que nuestra autobiografía se ha ido articulando equivale a mantenerse honesto y claro en la percepción de ese Yo, tan deseado por mercaderes y vampiros espirituales.

Somos lo que somos en función de lo que hacemos con lo que nos pasa.