jueves, 16 de octubre de 2014

El poder del error (y II)

Observo como los amos tratan a los perros y deduzco como son por dentro. Los hay que son suaves y cariñosos, acaso porque eso es lo que son; o porque eso es lo que quisieran de una relación: una tierna reciprocidad. Otros son duros y despreciativos con el can. Otros, autoritarios. Otros, laxos cuando deberían ser estrictos y estrictos cuando deberían ser laxos, con el cual el perro acaba tan esquizoide como el amo que le ha tocado en suerte. Otros, neuróticos, acaso como sus propios padres.

Así, pues, vemos que la relación con la mascota es un reflejo de la relación que se puede haber generado en otros modo de relación: por ejemplo, la jerarquizada, entre humanos. Por ejemplo: de padres a hijos; de jefes a empleados; de médicos a pacientes; de políticos a ciudadanos.

Por ejemplo, en este último caso, con la relación entre políticos y ciudadanos en escena, hemos presenciado recientemente como la pirámide social ha ido descargando su peso sobre el escalafón más humilde sucesivamente. Y así hasta llegar a Excalibur. Ahí vemos, pues, como el fracaso humano va rodando cual bola de nieve, desde lo alto de la pirámide hasta el punto más débil.

Entonces, pues, el asunto de base es que el humano difícilmente puede aceptar un error sin salpicar al eslabón social que tiene inmediatamente inferior.

Los padres culpan a los hijos. Y los hijos culpan a los padres.
Los médicos culpabilizan a los pacientes. Y los pacientes denuncian a los médicos.
Los políticos tratan de tapar sus miserias creando distracciones en la ciudadanía. Y luego, la ciudadanía descarga su falta de conciencia sobre los políticos, invirtiendo el orden entre escalafones.

Ello podría dar a entender que el orden se puede invertir a la que la descarga sobre el débil deja de funcionar.

También, con los perros. Un can muy estresado por un amo incapaz de facilitar la canalización de sus instintos puede provocar agresiones sobre otras personas (o sobre otros perros). O bien, para calmar el estrés, al perro le da por comer más de la cuenta hasta ponerse como una vaca.

Sin embargo, una excepción: la incompetencia del sistema cebándose sobre Excalibur, el perro que ha tenido que ser sacrificado, no sé si inútilmente. Me pregunto yo, pues, cuánto de inutilidad tienen los actos humanos, excepto que esa inutilidad sirva para paliar la incompetencia reinante. Es decir, que vivimos en un ritual perpetuo en donde nada sirve realmente si no es para ir camuflando nuestra debilidad como especie.

Y acabo con un aforismo:
El éxito dura poco; el fracaso, en cambio, es permanente.