martes, 17 de enero de 2017

Sidney. Hard Eight

Sidney es una película estrenada en los años 90. Es de los primeros trabajos de Paul Thomas Anderson, director que luego lo fue de Magnolia, The Master o There Will Be Blood (aquí titulada Pozos de Ambición). Vistas ellas, y alguna otra más, me declaro admirador de la forma y contenidos del cine de Paul Thomas Anderson. Veo en él a un cirujano que pone al descubierto los males de la sociedad, los prejuicios y las mezquindades. También, la ambición y lo que sus personajes están dispuestos a hacer por ella. La realización del sueño a toda costa, con lo que de peligroso que tiene eso. La avaricia, la lujuria, la gula y la ira. Y no solo eso, pues no denuncia, sino que muestra de forma equilibrada el funcionamiento de los humanos. Digamos que Paul Thomas Anderson no quiere que sintamos rabia al ver los comportamientos de sus personajes. Lo que pretende es que los veamos para poder aprender de ello. Ahí está la grandeza del cine: poder aprender de lo que la historia nos cuenta.

En concreto, Sidney es una parábola. Narra la historia de un hombre cuyo pasado no nos es revelado más que al final. Su presencia primera nos muestra un encuentro entre este hombre y otro ante la puerta de un supermercado. Ahí vemos a un humano abandonado (el personaje que encarna John C. Reilly) y el hombre que puede sacarlo adelante (el tal Sydney, interpretado por Philip Baker Hall). Estas dos personas tienen un pasado común, de ahí la parábola, que necesitan cerrar (aunque sólo es una de ellas la que sabe de qué va ese cierre). La historia nos cuenta, muy medidamente, las claves que luego nos darán a entender la acción de ese destino. Sydney es un hombre hermético, que guarda un secreto, el cual es revelado ya muy avanzada la película. El ritmo es magistral. La intuición y la inteligencia de Paul Thomas Anderson son verdaderamente brillantes.
El final de la película es hitchcockiano. Aunque es posible que toda ella lo sea.